La doctora Florencia Sanabria, médica especialista en Neurodesarrollo para niños y adolescentes, puntualiza cómo la ansiedad infantil se consolidó en los últimos años como uno de los principales motivos de consulta en pediatría y salud mental.

«Lo que durante décadas fue interpretado como un rasgo transitorio del desarrollo hoy aparece con mayor frecuencia, a edades cada vez más tempranas, y con un impacto significativo en la vida escolar, familiar y social. Lejos de tratarse de casos aislados, los datos advierten que se está frente a un problema de salud pública en expansión» dice la profesional.
Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre el 6% y el 10% de los niños y adolescentes en el mundo presentan trastornos de ansiedad, con una tendencia sostenida al aumento en las últimas dos décadas. Estudios realizados en distintos países coinciden en que, tras la pandemia, los síntomas de ansiedad en la infancia crecieron entre un 25% y un 30%, con mayor incidencia en niños menores de 12 años.
Sin embargo, el aumento de los diagnósticos no alcanza para explicar el fenómeno. La pregunta central es por qué cada vez más niños manifiestan ansiedad desde edades tempranas. En los últimos años, la investigación científica comenzó a ofrecer una respuesta que obliga a ampliar la mirada: el vínculo entre la ansiedad y la microbiota intestinal.
El eje intestino–cerebro
La microbiota intestinal —el conjunto de microorganismos que habita el intestino— cumple un rol clave en la regulación del sistema inmune, el metabolismo y el funcionamiento del sistema nervioso. A través del denominado eje intestino–cerebro, existe una comunicación permanente y bidireccional entre el intestino y el cerebro, mediada por neurotransmisores, hormonas y mecanismos inflamatorios.
Diversas investigaciones publicadas en revistas científicas internacionales señalan que más del 90% de la serotonina del organismo se produce en el intestino y que su regulación depende, en gran medida, del equilibrio de la microbiota. Las alteraciones en esa composición, conocidas como disbiosis, se asocian a un mayor riesgo de ansiedad, depresión y dificultades en la regulación emocional, incluso durante la infancia.
Un meta-análisis reciente, que reunió estudios de distintos continentes, encontró que los niños con trastornos de ansiedad presentan menor diversidad bacteriana intestinal y una mayor presencia de perfiles proinflamatorios en comparación con niños sin síntomas ansiosos.
Una construcción que empieza temprano
La microbiota comienza a formarse desde el nacimiento y se consolida durante los primeros tres años de vida, un período crítico también para el desarrollo cerebral. Factores como el tipo de parto, el uso de antibióticos en la primera infancia, la alimentación, las infecciones intestinales y el estrés temprano influyen de manera directa en su composición.
Estudios longitudinales muestran que los niños expuestos a múltiples tratamientos antibióticos en los primeros años de vida presentan un mayor riesgo de desarrollar síntomas de ansiedad en la edad escolar. De forma similar, dietas pobres en fibra y ricas en alimentos ultraprocesados se asocian a estados inflamatorios de bajo grado que impactan en los circuitos cerebrales vinculados al estrés y la respuesta emocional.
En la práctica clínica, además, es frecuente que la ansiedad infantil se acompañe de síntomas digestivos como dolor abdominal recurrente, constipación, diarrea, distensión, selectividad alimentaria o trastornos del sueño. En muchos casos, estos signos se abordan de manera fragmentada, sin integrar el cuadro completo.
Más diagnósticos, menos mirada integral
A pesar de la evidencia científica disponible, el abordaje de la ansiedad infantil continúa centrado, en muchos casos, exclusivamente en la conducta o en la intervención farmacológica. Si bien estas herramientas pueden resultar necesarias en situaciones específicas, distintos trabajos advierten que ignorar los factores biológicos limita la eficacia de los tratamientos y favorece la cronificación de los síntomas.
Ensayos clínicos recientes muestran que las intervenciones orientadas a mejorar la salud intestinal —como cambios en la alimentación, aumento del consumo de fibra, reducción de ultraprocesados y, en algunos casos, el uso de probióticos específicos— pueden contribuir a disminuir los niveles de ansiedad en niños, especialmente cuando se combinan con acompañamiento psicoterapéutico.
Un desafío para la salud pública
El aumento de la ansiedad infantil no puede seguir interpretándose únicamente como un problema individual o familiar. Su impacto se refleja en el sistema educativo, en el sistema de salud y en la calidad de vida de miles de familias.
Reconocer el rol de la microbiota no implica simplificar el problema, sino comprender su complejidad real. La ansiedad infantil no siempre comienza en la mente. En muchos casos, es la manifestación de un organismo en desequilibrio. Integrar esta mirada representa un paso necesario hacia abordajes más efectivos y preventivos, con el objetivo de mejorar el pronóstico y el bienestar de las próximas generaciones.